Ayuno intermitente: análisis de sus efectos en el cuerpo humano

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El ayuno intermitente ha ganado gran popularidad como método alimenticio en tiempos recientes. Esta técnica consiste en intercalar tiempos de ayuno con periodos concretos para comer, definiendo un horario en el que no se ingieren alimentos que aporten calorías durante determinadas horas diarias. Mientras se esté en ayuno, solo se permite beber agua, infusiones o café sin añadir azúcar. No obstante, esta moda, celebrada por unos como una forma de adelgazar y aumentar el bienestar, no está libre de controversias ni de interrogantes acerca de su efectividad y seguridad a largo plazo.

Una de las principales razones por las que el ayuno intermitente ha aumentado en popularidad es por su aparente sencillez. Hay diversas maneras de practicarlo, siendo las más habituales el ayuno 16:8 (16 horas sin comer seguidas de un lapso de 8 horas para consumir alimentos) y el ayuno en días alternos, donde se ayuna un día entero y se come de forma regular al día siguiente. Para muchas personas, este método resulta más atractivo que las dietas convencionales porque no se enfoca tanto en el conteo de calorías o la restricción de ciertos alimentos, sino en ajustar los momentos para comer.

El mecanismo detrás del ayuno intermitente radica en cómo el cuerpo utiliza sus reservas de energía. Durante las primeras horas de ayuno, el organismo agota el glucógeno almacenado en el hígado y, posteriormente, comienza a oxidar las grasas para obtener energía. Este proceso puede contribuir a la pérdida de peso y a la mejora de ciertos parámetros metabólicos, como la sensibilidad a la insulina, el perfil lipídico y la presión arterial. Además, algunos estudios sugieren que el ayuno puede influir positivamente en niveles hormonales como el cortisol y la melatonina, así como en la temperatura corporal.

Aunque el ayuno intermitente presenta posibles ventajas, no es adecuado para todos. Individuos con una relación complicada con la comida, como aquellos que sienten ansiedad durante las fases de abstinencia o poseen antecedentes de desórdenes alimenticios, podrían considerar esta práctica perjudicial. En tales situaciones, el ayuno podría desencadenar episodios de excesos o comer compulsivamente al terminar el periodo de abstinencia, perpetuando un ciclo de culpa y conducta alimentaria descontrolada. Además, no se recomienda para mujeres embarazadas, personas diabéticas o quienes tienen requisitos nutricionales específicos que hagan difícil tolerar largos intervalos sin alimentarse.

Un aspecto importante del ayuno intermitente es la calidad de los alimentos durante las horas permitidas de comer. No es suficiente con restringir las comidas a ciertos horarios; es fundamental que las comidas sean nutritivas, incluyendo vegetales, proteínas de buena calidad, grasas saludables y carbohidratos complejos. Asimismo, realizar ejercicio de baja o moderada intensidad puede ser adecuado durante el ayuno, aunque los entrenamientos intensos deben coincidir con las horas de alimentación para asegurar un buen desempeño y recuperación.

Aunque el ayuno intermitente ha sido promocionado como una herramienta eficaz para la pérdida de peso y la mejora de la salud metabólica, no existen evidencias concluyentes que lo posicionen como una solución superior a otras estrategias, como las dietas hipocalóricas convencionales. De hecho, la reducción de peso observada en quienes practican el ayuno parece estar más relacionada con la disminución del consumo calórico total que con el propio acto de ayunar. Por ejemplo, quienes optan por omitir la cena suelen experimentar una mayor reducción de peso que quienes omiten el desayuno, ya que la franja horaria de las comidas juega un papel significativo.

Por Orencio Batista

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