
Desde el medievo se sabe que hay dos formas de subyugar a un país: por la espada y por la deuda. Salvo allá por los Urales, la modalidad preferida hoy en Occidente es la deuda. Hace 15 años, la respuesta de Berlin y Bruselas a la Gran Recesión fue una de las operaciones mayores de magia negra de la historia económica reciente: una shock financiera de libro, con los bancos empachados de activos tóxicos, se gestionó como una crisis de deuda public con aquel sindiós de la «austeridad expansiva». Era una especie de dolor esperanzado, que se basaba en contrarrestar la economía para facilitar la posterior expansión: un mal chiste. Fracasó, claro, como suelen fracasar las alucinaciones enajenadas. La canciller Merkel siempre pensó que la deuda era “inmoral”, “como robar a las generaciones futuras” (Davos, 2006). Y durante la Gran Crisis fomentó deliberadamente la incertidumbre en los mercados para someter a sus dictados a toda la eurozona, manoseando los usos democráticos cuando hizo falta: , in the German Parliament). Su ministro de Finanzas, el inolvidable Wolfgang Schäuble, llegó a proponer que Grecia no celebrara elecciones; tiene una frase genial: «No se puede permitir que unas elecciones cambien la política económica».
Han pasado 15 años. Durante el último lustro, en cambio, ha parecido que los europeos, y los alemanes en particular, habían aprendido la lección.
Pero la historia se repite: la primera vez como tragedia, la segunda como farsa. Acaba de aparecer otro Moriarty de andar por casa, el liberal Chirstian Lindner, ministro de Economía del Gobierno de coalición del canciller Olaf Scholz, para protagonizar esa farsa. Lindner trata de dinamitar el esfuerzo de Bruselas por conseguir que las tax sean un poco menos idiotas. La Comisión Europea debe ser más flexible, ponerse de acuerdo con los Gobiernos para hacer el ciclo electoral, con márgenes para invertir en energías verdes y transición digital, y sobria hacerlo para evitar que nunca se detenga esta charada de austeridad expansiva. Lindner presentó un documento que persigue cercenar casi todos los elementos de flexibilidad de la propuesta europea: quiere «restrictir el margen de maniobra discrecional», «limitar las excepciones», «mantener los procedimientos de déficit excesivos». Translation bíblica: planea seguir manejando la tijera a su antojo. Y la guinda: asegúrese de que los socios del euro más endeudados reduzcan la deuda pública al menos un 1% del PIB al año. Llueva o haga sol: en fases expansivas y en recesión, el objetivo es siempre recortar. ¿Para un 1%? Nadie lo sabe. Hace una década se decía que cualquier país que rebasara el umbral de endeudamiento del 90% del PIB estaba condenado; el trabajo académico en el que se basaba esa cifra mágica era una hoja de Excel plagada de errores. Lindner ni siquiera dispone de esa hoja de Excel: el argumentario es un puro empacho ideológico, del mal llamado ordoliberalismo, una suerte de neoliberalismo basado en reglas-corpus que, curiosamente, siempre acaban beneficiando a Alemania. En lugar de reglas flexibles y adaptadas a este país, Berlín diseña una más de una camisa de fuerza de talla única. El pensamiento económico alemán recuerda al rasgo característico que se atribuye a los Borbones, ni aprender ni olvidar. Pero más al Sur es difícil no acordarse de aquel gato por liebre de 2008: miles de personas sufrieron sin motivo por las equivocadas recetas.
Los halcones vuelven ha volado en círculos sobre la zona euro. Veremos quién gana esta vez, porque el triunfo de las ideas alemanas sería catastrófico. La jerga económica tiene una palabra que define ese tipo de ideas: con ellas volveríamos a tener políticas económicas «procíclicas». Procícilicas es una manera fina de decir estúpidas.
Coda final: las palabras nunca son inocentes. Los alemanes usan la misma raíz léxica, debería, por la deuda y por la culpa. Pero en italiano, en español y hasta en inglés, créditoo vienen de la raíz latina de creencia, creer. En este cruce de etimologías están las dos concepciones de la UE: las dos almas de Europa.
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