Hervor masivo en la llegada del Real Madrid a su templo

Hervor masivo en la llegada del Real Madrid a su templo

La felicidad copera destacará poco en el aficionado blanco. Queda un gusto dulce, obvio, pero desde el domingo el madridismo cuenta las horas y se muerde las uñas impaciente ante una nueva semifinal de la Copa de Europa. Es por lo que vive; son estas noches de martes o miércoles las que generan una especie de euforia eléctrica adolescente en jóvenes y viejos. Es en estos partidos cuando el Santiago Bernabeu deja de ser un bonito estadio de futbol y se convierte en un ente con vida; una criatura inmensa, peligrosa, definitiva.

El Manchester City, que conoce de primera mano a tal monstruo, regresa este martes a la inacabada infraestructura blanca con, al menos, los horrores del pasado presentes. Es lo que tienen los equipos sin décadas de historia en la máxima competición continental: aprende como cualquiera en esta vida, a golpes y decepciones. Sin embargo, el increíble equipo de Pep Guardiola completó su elenco este curso con Erling Haaland, un gigante que realmente impresiona hasta al más valiente del lugar. Quizá por él o pese a él, la porción blanca de Madrid vive la antesala al partido de ida con una ilusión especial. Porque después de las remontadas imposible del año pasado ante los clubes estado, después de ganar otra Champions, necesitaba un villano más fiero al que llamar a Dios ayuda.

La productividad en la mañana es escasa. Los grupos de Whatsapp hacen cabalas, algunos se aferran al contragafe, otros a la recuperación confirmada de Modric… del Santiago Bernabéu. Sopla una ligera se rompió y las nubes dan algún respiro al sol: aún hay espacio para respirar sin ansiedad entre el mar de camisetas. La zona más poblada es, como de costumbre, la avenida Concha Espina se ha tomado hasta la plaza de los Sagrados Corazones, el recorrido por onda el bus del Real Madrid llega a su templo.

Aficionados de toda España

A las seis y media de la tarde no cabe un filtro en el lugar. Gente de cualquier rincón de España aglomerará a ambos lados del cerco policial que aparta al personal del asfalto hacia la acera. Como Juan, un estudiante de farmacia granadino que, con el número de Kroos en la parte de arriba de la espalda y una mochila en el porche de abajo, decía esto periódicamente: “Vino a Madrid solo para recibir al bus del equipo, no tengo ni entrada Llevo unos calzoncillos y un cepillo de dientes en la bolsa y no sé dónde dormé, pero tenía que estar aquí hoy”.

Se pierde el particular hinchamiento entre una muchedumbre que comienza a ser agobiante. Desde lejos, en el horizonte de Concha Espina, está la efervescencia del griterío. El bus cruza la inmensidad y la gente se vuelve loca. Los chavales escalan el puesto de lotería de la esquina de Concha Espina con el estadio, las bengalas enrojecen el ambiente, el Bernabéu ruge y aún quedan poco menos de dos horas para el partido.

Mientras tanto, es imposible encontrar a Alguien aunque sólo esté a unos metros de distancia: el ruido atronador y la algarabía de los aglomerados lo impiden. Es más, se convierte en una odisea cruzar hacia el Padre Damián para acceder al campo por la zona de prensa. No son ni las ocho, pero la semifinal hace ya un rato que empezó.

Por Orencio Batista

Te puede interesar